Un nuevo término se ha acuñado recientemente: “el hombre metrosexual”. Lo de metro viene de áreas metropolitanas, es decir, grandes urbes y lo de sexual… la verdad, lo de sexual no lo sabemos muy bien. Que todo cambie para que todo siga igual… ¿les suena?

Los medios de comunicación están haciéndose eco, cada vez más, de una nueva especie masculina que, al parecer, está rompiendo moldes. Se trata del hombre metrosexual, que es descrito como “Guapo, refinado, a la moda y en cacería femenina” ¿???.

Aunque eso sí, las descripciones se empeñan en dejar bien claro que para nada se trata de homosexuales-gays. Nada de eso, según la noticia publicada esta semana, textualmente dice: “Estos hombres que a menudo son confundidos por su sofisticada imagen, pueden aconsejar sabiamente a su compañera en la compra de tal o cual vestido, elegir el restaurante de moda para llevarla a cenar y después meterla en la cama y enseñarle alguna que otra gracia horizontal.

Entonces ¿cuál es la diferencia entre un hombre y un metrosexual? Digamos que la metrosexualidad es el justo medio entre el troglodita, bebedor de cerveza, fanático del fútbol y asiduo asistente de bares y ese refinado “dandy” que puede distinguir a ojos cerrados la diferencia entre “One” de Calvin Klaine y “Envy” de Gucci.

Seguramente aquí podemos distinguir que el primero es hetero y el segundo es gay, pero el metrosexual está precisamente en la mitad de este contexto. El sueño de toda mujer, una mezcla virtuosa de hombre elegante, impecable, cuidado, tierno. Es pasión, ternura y amor al mismo tiempo.

Pues eso es lo que hay. Un nuevo tipo de hombre se está abriendo paso entre las clases dirigentes urbanas. El hombre metrosexual. Al parecer, toda una revolución… ¿o no?

Lamentablemente, parece que, otra vez, estamos construyendo la casa por el tejado. Otra vez estamos haciendo, provocando o aplaudiendo los cambios externos más que fijarnos y facilitar los verdaderos cambios, las transformaciones internas.

En los gimnasios de todo el mundo –y también en el resto de los espacios– ya te empiezan a mirar un poco raro si no llevas las piernas depiladas. Hace pocos, poquísmos años, hubiese sido justo lo contrario. Alguien podría pensar, ¡bien!, otra barrera que hemos roto, ya no somos tan machos… machistas como antes. Ya hay menos diferencias entre hombres y mujeres. Al menos eso es lo que pensó un servidor –junto al horror de la imagen del dolor de la depilación– al principio. Pero a poco que se mire detenidamente, no hay nada de eso.

El patriarcado se está revelando como un enemigo mucho más sutil y escabroso de lo que cualquiera, hace algunas décadas, se hubiera podido imaginar. Además, aliado con el consumismo, se convierten en un frente de cambio-anticambio de enorme poderío. Así, bajo el aparente avance que podría vislumbrarse en los nuevos hombres, ya sean metrosexuales o normales chicos de gimnasio, todo sigue igual. Si escarbamos un poquito en ellos, vemos que la misoginia, el sexismo, los estereotipos y los modelos tradicionales masculinos, campan por sus respetos sin que nada les haga frente.

Así, esos mismos chicos que te miran raro y te preguntan acerca de tus muchos pelos en las piernas, siguen manteniendo los mismos valores sexistas con respecto a las mujeres y un mundo interior muy similar al de sus padres y abuelos. Aunque eso sí, con las nuevas incorporaciones cosmético-consumistas que esta maravillosa sociedad les ha aportado.

Algunos nos lamentamos amargamente de que los cambios que estemos ofreciendo a estas nuevas generaciones sean sólo del tipo externo y cosmético. En los momentos más optimistas, nos consolamos pensando que mejor que cambie lo externo que, que no cambie nada. A río revuelto, ganancia de…