“…Una vez llegué demasiado pronto a mi consulta y me entretuve charlandocon el recepcionista. En la sala sólo había una madre, con un
bebé de pocos meses en un cochecito, esperando para otro colega.
El bebé se puso a llorar, y la madre intentó calmarlo
moviendo el cochecito adelante y atrás. Cada vez los llantos
eran más desesperados, y los paseos de la madre más frenéticos.
Cuando un niño llora con todas sus fuerzas, los minutos
parecen horas. «¿Qué hace? —pensé—. ¿Por qué no lo saca
del coche y lo toma en brazos?» Esperé y esperé, pero la
madre no hacía nada. Finalmente, aunque nunca he sido amigo
de dar consejos no solicitados, me decidí a lanzar una indirecta
lo más suave que pude:
—¡Pero qué enfadado está este niño! Parece que quiere
brazos…
Y entonces, como movida por un resorte, la madre se abalanzó
a sacar del coche a su hijo (que se calmó al instante) y
explicó:
—Es que como dicen los pediatras que no es bueno cogerlos…
¡No se atrevía a tomar a su hijo en brazos porque había
un pediatra delante! Aquel día comprendí cuánto poder tenemos
los médicos y cuántas presiones y temores deben soportar
cada día las madres.
Esa misma explicación, «le cogería en brazos, pero como
dicen que se mal acostumbran… », la he oído docenas de veces
en circunstancias menos dramáticas. Todas las madres sienten
el deseo de consolar a su hijo que llora, y sólo una fuerte
presión y un completo «lavado de cerebro» puede convencerlas
de lo contrario. En cambio, nunca he visto el caso opuesto:
una madre que espontáneamente prefiera dejar llorar a su
hijo, pero lo tome en brazos por obligación («le dejaría llorar,
pero como dicen que eso les provoca un trauma… »). ”



